miércoles, 31 de enero de 2024

De regresos, recuerdos y ensayos

Es curioso cómo, a veces, otra sensibilidad, otras vivencias y otras letras, son capaces de tocarnos haciéndonos vibrar y sentirnos identificados. Aquí transcribo este ensayo de Teresa González Arce que me remitió a mis recuerdos infantiles de calles arboladas y casas y calles que ya no existen, al menos no como cuando las conocí siendo niño, y a mis ideas sobre el paso del tiempo y lo efímero que somos


Ritornello

El orden inalterable de los números en la carátula del reloj y de los días de la semana en el calendario nos hacen pensar que el tiempo avanza en línea recta y que lo que se va dejando atrás desaparece de nuestra vista para siempre. El lunes antecede al martes y el jueves seguirá al miércoles, por más que los días festivos nos confundan a veces y nos hagan perder la cuenta de las noches y los días que faltan para llegar de nuevo al viernes. De vez en cuando, sin embargo, el tiempo se cansa de su eterna carrera hacia adelante y se complace haciendo piruetas y volviendo sobre sus pasos. La línea recta se transforma entonces en círculo, y uno tiene la impresión de regresar al punto de partida.

El domingo es casi siempre un día propicio para los vuelcos temporales. Aunque no es el fin sino el principio de la semana, para mí siempre ha sido una especie de retorno que yo imagino marcado con ese signo que, en la notación musical, indica al intérprete que debe volver al primer compás de la partitura. Justo al pasar ese cabo temible se encuentra el lunes, con su madrugón laborioso, y la anchura de los días que lo separan del sábado. A diferencia del viernes, pendiente suave que conduce al valle apacible y soleado que es el fin de semana, la cresta del domingo provoca siempre un instante de vértigo. No es casual que ese día el sol se ponga más temprano y de manera más abrupta. Son las seis de la tarde, aún hay luz, pero el alma se oscurece ante la inminencia de un final. En cuanto puede, el domingo deja de ser un día festivo para convertirse en preámbulo de la normalidad, y su cercanía con ella acaba, hacia el final del día, contaminándolo irremediablemente.

Rueca de horas y minutos, la semana alterna la ilusión del movimiento con la certeza de estar siempre en el mismo sitio. La secuencia de actos que repetimos de manera mecánica día tras día contribuye a afianzar el sentimiento de circularidad con respecto al tiempo, y el eterno retorno se vuelve una realidad inapelable cuando nos encontramos en un lugar que conocimos en una época lejana. La percepción simultánea de lo invariable y lo permanente en calles, plazas y barrios conlleva la extrañeza de haber sido alguien diferente de quien somos y de enfrentar a la vez la evidencia de que nunca hemos salido del mismo sitio. Todo está ahí, tal como lo recordamos, y sin embargo nada es igual.
Desde hace unos años vivo en una casa que está exactamente atrás de la casa donde crecí. Más allá de la comodidad de conocer el barrio y a tres o cuatro vecinos, mi actual domicilio supone una situación casi sobrenatural, pues vivo tan sólo a unos metros de la niña que fui. Instalada en el presente, basta salir de mi casa para encontrarme en el escenario de una infancia no demasiado callejera pero sí suficientemente atenta como para percibir ahora los cambios que ha sufrido el vecindario, y para reconstruir mentalmente un entorno que ya sólo existe en mi memoria.

Camino por la banqueta y borro la hilera de coches que ocupa el lado derecho de la calle: antes sólo se permitía estacionarse del lado izquierdo y las calles parecían más anchas. Donde hoy hay cajones de estacionamiento y arbustos decorativos, siembro jacarandas, laureles, fresnos y un hule enorme. Vuelvo a pintar un par de casas y quito algunos negocios y, sobre todo, echo abajo los edificios que desde hace un par de años han ido construyendo entre las casas antiguas. Reinstalo el huerto de guayabos y la rosaleda de la casa de la esquina desaparecidos bajo el estacionamiento de una oficina de gobierno y el barrio recobra el aspecto que tenía cuando yo era niña. Como en el País de las Maravillas, sólo una puerta separa el pasado del presente.

Así como cada lunes es al mismo tiempo un nuevo día y una repetición de todos los lunes de nuestra vida, uno lleva consigo a todas las personas que ha dejado de ser. Un día tal vez mañana mismo seré sólo una imagen que otros recordarán como yo recuerdo la calle de mi infancia. Tal vez quien entonces mire mi rostro se divertirá haciendo lo mismo que hago ahora con las calles de mi barrio y vea simultáneamente a quien fui —a quien soy ahora— y a quien seré entonces. Me gusta pensar que de esa manera, el presente en el que vivo ahora seguirá siendo presente, y que en el futuro yo seré, como lo soy en este instante, una acumulación de rostros que vuelven invocados por la mirada de otros. Y como el pasado permanece siempre en el presente, supongo que a mi yo futuro tampoco le gustará el ritornello de los domingos por la tarde.



Este ensayo forma parte del libro La mala memoria de Teresa González Arce, publicado en 2020 en la colección “Prosa Nostra” del Fondo Editorial de la Universidad Autónoma de Querétaro.

lunes, 29 de enero de 2024

Pulgar arriba

Ayer miraba entre asombrado y emocionado, en mi celular, el ícono de una manita con el pulgar levantado.

Una minúscula señal de vida, de comunicación contigo, después de... ¿10 años, dijiste? Y bueno, tal vez no hayan pasado 10 años desde nuestra última conversación, pero así se sintieron.

Un pequeño ícono en mi pantalla y de pronto, tus ojos, tu sonrisa, la suavidad de tu tacto, tu voz, los recuerdos todos, llegaron uno a uno a mi memoria haciendo sonreír mi corazón. 

Los años pasan, pero siempre serás mi niña hermosa, mi Lolita...

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